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julio 28, 2008 / Diego Laje

Estadísticas, olimpiadas y enemigos

Las diferencias de percepciones entre el público chino y el de otros países es alarmante. Los chinos ven enemigos en sus fronteras, al mismo tiempo, rechazan lo foráneo y reafirman un potente nacionalismo.

El nacionalismo chino es uno de los fenómenos que más me llaman la atención. Cada vez que el gobierno se queda sin ideas, dice: “es culpa de los extranjeros”. Es genial y siempre funciona. Ojalá yo pudiera hacer lo mismo, o sea, culpar a otros por mis problemas. Pero lo importante es que una amplia mayoría rápidamente concuerda. Genial.

Pero todo nacionalismo tiene dos caras. Por un lado no faltan idiotas útiles (citando a un marxista como Lenin) para apoyar todo tipo de causas, desde boicots a Carrefour (por que apoyaría al Dalai Lama y este a su vez habría organizado los disturbios en Tíbet) hasta manifestaciones frente a la oficina local de CNN (por ser, China Negative News); pero por otro el gobierno tiene mucho cuidado que las muestras de “amor por la patria” no sean demasiado grandes, ya que un tsunami de nacionalismo se puede llevarse también al Partido Comunista. Al fin y al cabo, los que abrieron el país a tanta influencia extranjera fueron los mismos comunistas.

Cada tanto se ve la influencia de estos grupos xenófobos en leyes como la que hace casi imposible que los extranjeros compremos propiedades en China. Teóricamente, unos pocos extranjeros que se dedican en su mayoría a enseñar inglés, son “especuladores” y hacen que el precio de la propiedad suba sin cesar. Estos malvados especuladores hacen algún acto de “magia financiera” por el que compran un piso y lo venden y los precios suben. Hay unos 300 mil extranjeros en Pekín, contra unos 15 millones de pequineses. No entiendo cómo pueden tener tanta influencia en el mercado inmobiliario, un grupo de personas que como actividad principal se dedica a la docencia. Pero bueno. El pobre pueblo chino sufre y hay que encontrar responsables.

Por otro lado, los japoneses también serían una porquería de gente. Desde 1905 comenzaron una serie de invasiones del territorio chino que terminaron en 1945. Fueron atroces y eso nadie lo discute. Pero según un informe reciente, publicado en un periódico indio y con un excelente comentario en uno británico, los hijos y nietos de los que vinieron a este país siguen siendo una porquería de gente para la mayoría de los locales.

No paro de preguntarme cómo es que el público responde a los designios del aparato de propaganda con una precisión de relojería suiza. Lo llamo “Simon Says”. Como en el juego infantil, que todos los chicos deben repetir lo que la persona al frente enuncia después de decir “Simon Says”. El aparato dice “a tocarse la cabeza” y al próximo día todos andan por la calle tocándose la cabeza. El desafío, como en todo, está en el balance y la determinación de cuánto es suficiente y cuándo se debe abandonar la conducta ordenada. No paro de maravillarme.

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