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junio 2, 2008 / Diego Laje

Sin palabras, sólo un abrazo imaginado

El taxista nos recogió en la puerta del hospital de Chengdu, el centro donde llegaba el grueso de los heridos del terremoto. Nunca supe su nombre. Pero no me voy a olvidar de ese tipo por mucho tiempo. Cuando nos subíamos, una señora bajaba de su automóvil. Esta mujer, de unos 40 años, estaba el borde del llanto. Llegué a escuchar que venía al hospital a buscar a unos parientes, pero tenía un acento muy fuerte. Se notaba que era del campo. Así que se me hizo muy difícil de entender. También se veía que no tenía mucho dinero. Sin embargo, sacó un billete de diez yuanes (una fortuna para un campesino chino, equivalente a un euro) y se lo quiso dar al taxista. El conductor no lo aceptó y hubo una pequeña discusión. Él la bajó con una cariñosa violencia y nosotros abordamos. Le dijimos que nos lleve a nuestro hotel. A los pocos metros, noté que no había encendido el reloj del taxi. Le pedí que lo haga. El hombre, sentenció: “no voy a cobrarles este viaje, por que ustedes vienen a compartir las calamidades del pueblo de Sichuan. Yo les doy la bienvenida y agradezco que estén aquí.”

Es posible que las palabras suenen un poco pomposas al oído extranjero, pero eso es lo que dijo en chino.

Yo le respondí que el viaje era barato, que yo tenía dinero y que no había problema. Que quería contribuir con él. No había manera de hacer que el tipo siquiera dude cobrarnos el viaje.

Cuando llegamos al hotel, estábamos conmovidos, pero sobre todo, preocupados. El tipo andaba llevando gente de hospital en hospital, ayudando a quien lo necesite. Nos pusimos de acuerdo para bajar el equipo. Lo hicimos rápidamente y por una ventana abierta le arrojamos un billete de cien yuanes. Suficiente para cubrir buena parte de los costos de combustible del día. El tipo se bajó del auto a devolver el dinero. Con una sonrisa (y cierto aire de travesura), instruí al personal del hotel que no le permita la entrada. De lejos, lo saludé. Me saludó y “sin querer queriendo” me agradeció y se fue.

Esa fue una constante en Sichuan. Gente que tenía mucho menos que nosotros, nos ofrecía ayuda. En el campo de refugiados de Mianyang, donde la gente había llegado con lo que tenía puesto, nos ofrecían agua y comida. En la calle, la gente que dormía sobre las veredas por miedo a las réplicas, nos sonreía y nos hacía chistes. En Sichuan conocí una sonrisa que nunca había visto: la sonrisa del que está plenamente conciente que estar vivo ya es una alegría.

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