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mayo 21, 2008 / Diego Laje

Donde los muertos nos preguntaron qué pasó

Los valles de Sichuan, en el sudoeste de China, fue donde decenas de miles de personas murieron como resultado del terremoto de 8 grados, del lunes 12 de mayo de 2008. El sismo tuvo como epicentro la localidad de Wenchuan, un lugar donde no quedó nada. Ni casi nadie. Pero “la tormenta perfecta” fue Beichuan, al noreste del epicentro. Allí se unieron varios factores para hacer de ese lugar, literalmente, el valle de la muerte.

Llegando a Beichuan, el camino está interrumpido por rocas inmensas, del tamaño de casas. El movimiento las desprendió y las arrojó montaña abajo como si fueran bollos de papel. Se puede seguir el devastador camino de estos monstruos ígneos en el rastro de destrucción que dejaron en su camino. Detrás de cada roca, como la estela de un cometa, está achatado todo. Las casas eran como pinos de bowling.

La entrada de esta ciudad está ladeada por un cañadón profundo. Abajo, casi todo está destruido. Lo que queda en pie está severamente dañado y es, a simple vista, inutilizable. Beichuan era una ciudad con unos 30000 habitantes antes de la tragedia. Si bien esta población es grande en cualquier país occidental, para China es “pequeña” y relativamente remota. En esta ciudad se combina la intensidad del sismo con una cantidad de habitantes lo suficientemente grande como para hacer que sea un desastre de magnitud en vidas humanas.

Bajamos al Valle de la Muerte, con un equipo de rescatistas acompañados por perros. Los animales eran de una raza no identificada parecida a un pastor alemán. Eran juguetones, estaban entrando por primera vez a ese lugar. Hay informes que los perros que pasaron varios días en Beichuan perdieron el hambre, el sueño, lloraban constantemente y estaban en un estado de estrés total. Pero semejante viaje de dolor no estaba reservado sólo para los animales que llegaban a ese Hades.

Pero eso es Beichuan hoy, un infierno de escombros que es fosa común para casi 20000 almas.

Cuando estábamos en el fondo del Valle, una madre de unos 35 años apareció de entre los escombros a los gritos. Un enjambre de fotógrafos y periodistas recogieron su dolor. En un momento se tapó el rostro y pidió que, por favor, no la filmen ni la retraten. En seguida mi lente apuntó en otra dirección. Tuve ganas de gritarle a un fotógrafo extranjero que siguió retratándola. Me contuve, bajé la cámara del hombro y seguí adelante. Al fin y al cabo, lo importante era no quitar el énfasis a la búsqueda de su hija, si un colega se equivoca en una situación así es comprensible. No perdonable. Sólo comprensible.

La mujer pidió al equipo canino que la acompañe a la escuela donde su hija había quedado atrapada. El equipo, después de una breve charla, la siguió. Nos llevó hasta una pila de escombros de varios pisos de alto. Esta masa sin forma, estaba el final de una calle flanqueada por 2 edificios que estaban muy dañados pero en pie. No daban ni un signo de estabilidad. Remontar la pila de escombros para seguirla también parecía poco razonable. Nos quedamos grabando allí, a la espera de novedades desde el otro lado de la montaña que nos bloqueaba el paso. Había comercios destruidos, las sillas volcadas. El piso de la farmacia de esa cuadra estaba regado de píldoras y cápsulas. Un gallo, vivo, estaba acurrucado y silencioso en el medio de lo que alguna vez fue el lugar para venir en busca de una medicina.

Un salón de belleza exhibía fotos de elegantes modelos con cortes de pelo modernos. En una ventana, la ropa seguía colgada. Había una sandalia en una esquina. Un comercio que vendía teléfonos celulares estaba abandonado. Los últimos modelos habían desaparecido de las estanterías.

Recorrimos esa cuadra varias veces, los artefactos mas bizarros estaban yuxtapuestos: un formulario con fotos triplicadas del rostro de un niño, un rickshaw, las dos ruedas de una bicicleta que había quedado parcialmente enterrada bajo los escombros.

De repente, un oficial del ejército se nos acercó y nos dijo que no podíamos seguir grabando. Como de costumbre, limitan la acción de la prensa; pensé equivocado. El oficial nos dijo que una represa había cedido y que teníamos que dejar ese lugar de inmediato. Pronto llegaría el agua.

Juntamos a los miembros del equipo y nos pusimos en marcha. A los pocos metros, vimos a los rescatistas, en uniformes naranja, corriendo. Allí perdimos nuestra tranquilidad. Empezamos a correr, todos juntos, hacia la relativa seguridad de la altura. Tuvimos que remontar un cerro y la idea estaba fija: ganar altura. Cuanto mas alto, menos probable que nos afecte el agua.

Así nos echó el Hades. Ante la posibilidad de quedar allí para siempre, todos coincidimos que sería mejor morir otro día.

Llegamos a la entrada del cañadón, donde comenzó este relato. Abajo, sólo quedaron los muertos que acompañaban a los que estaban atrapados. Y Hades le regaló así más horas de agonía a los que esperaban el rescate.

Fue una falsa alarma. No pasó nada. Supe que poco después los socorristas continuaron su trabajo. Pero ya habíamos dejado el lugar y nunca pude saber -y creo que nunca sabré- si esa mujer y su hija se reencontraron en este mundo.

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2 comentarios

Dejar un comentario
  1. Hernán B. / May 22 2008 1:21 am

    Qué testimonio más valioso, y escrito de modo brillante, en tiempos en que la baja de algunas décimas porcentuales en la bolsa de -shangai suele ocupar mucho más a los medios que la muerte de decenas de miles de personas en Beichuan!

Trackbacks

  1. Otro terremoto « Tiananmen 360 – DiegoLaje.com

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