La presidente argentina, Cristina Fernández, recomendó recientemente comer cerdo para el “vigor masculino.” Aclaró que es mejor que el viagra y que pasó un excelente fin de semana con su marido, el expresidente argentino, tras comerse un lechón.
Imagino que hace algunas semanas Néstor preguntó, con su conocido problema de pronunciación: “¿Qué te passsha Cristina? ¿Estás nerviossssha?” La presidenta de todos los argentinos, quizás, no lograba llegar a un status apropiado para alcanzar la intimidad con su marido, Néstor.
Quizás, probaron terapia de pareja. Quizás hasta hablaron con algún gurú. Quizás, también, todo eso desconcentró a Néstor y los nervios de ella tuvieron como consecuencia, la “desmotivación” de un hombre que ya casi está en su sexta década de vida.
Entonces, se fueron al sur. Se fueron al Calafate, frente a los glaciares para ver si la pareja podría alcanzar un relax. Pero no pasó nada. Nada de nada. Nuestra pobre presidente no conseguía una mísera alegría.
Y finalmente se le ocurrió al asador: “Don Néstor, cómase un lechón.” Y así fue, que los dos se comieron todito, incluyendo el cuerito crujiente.
Néstor, gracias al vigor que le dio la carne porcina, pudo quitar insatisfacciones de nuestra presidente y, al fín, ahora va a dejar de comportarse como una mujer insatisfecha.
Lo que no tiene arreglo, para los testigos forzados de la vida sexual de nuestros mandatarios, es el daño psicológico y los años de terapia que nos quedan a nosotros como resultado de la terrible escena que los mandamás argentinos instalaron en nuestra psiquis.
Aviso: este post es estrictamente no periodísitico y en nada se parece a la normalidad de lo que escribo es este blog.
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